Una escuela infantil en Burundi que abre el futuro de un pueblo entero   - Vidas Cruzadas

Una escuela infantil en Burundi que abre el futuro de un pueblo entero

José es uno de los 24 universitarios que ha ganado los Premios al Voluntariado Universitario para la construcción de una escuela infantil en Nvada, una comunidad rural de Burundi.

Una escuela infantil en Burundi que abre el futuro de un pueblo entero

En Ndava, una comunidad rural de Burundi, la primera infancia no es una etapa tan feliz como debería. Allí, la ausencia de escuelas infantiles para los niños más pequeños provoca un efecto dominó que atraviesa a toda la familia: los menores crecen sin un espacio seguro y estimulante antes de entrar a la escuela; los padres ven limitada su capacidad para trabajar y, con frecuencia, los hermanos mayores terminan cargando con el cuidado diario de los pequeños, a veces a costa de su propia escolarización. El proyecto “Creciendo Juntos” nace para cortar ese círculo creando y equipando una escuela infantil para niños de 3 a 5 años, pegada a las escuelas de primaria y secundaria que ASU ONG (que ahora ha pasado a denominarse KOMERA) ya impulsa en la zona, de modo que la educación sea un trayecto continuo. 

Con esta idea, José Xalabarder y otros 23 estudiantes universitarios han ganado el Primer Premio de los XIII Premios al Voluntariado Universitario, convocados por la Fundación Mutua Madrileña. La dotación de 15.000 euros servirá para poner en marcha el proyecto. El premio de la Fundación Mutua Madrileña confirma un trabajo que la ONG ya venía construyendo: no era la primera vez que se presentaban y, de hecho, ya había logrado dos segundos premios (2014 y 2017) para ampliar una escuela primaria y levantar un centro materno infantil. Este año, explica José, confiaban de verdad en “Creciendo Juntos” porque parte de una base real: escuelas que ya funcionan y el respaldo de socios locales y del Ministerio de Educación de Burundi.  

José tiene 23 años, nació en Barcelona y hoy vive en Madrid. Su trayectoria académica, como la de tantos jóvenes inquietos, no es una línea recta: empezó con Administración y Dirección de Empresas (ADE) y Derecho, pero tras dos años decidió virar hacia Comunicación Audiovisual y se mudó a la capital; aun así, ha seguido avanzando con ADE online y calcula que le queda un año para terminar las dos carreras. Es un perfil muy de su tiempo: flexible, inquieto y con una mezcla de pragmatismo y búsqueda de sentido. 

Su historia con el voluntariado tampoco comienza con una gran frase, sino con un gesto físico: caminar. Conoció la organización en un reto solidario llamado “la 111”, que consiste en recorrer 111 kilómetros en menos de 24 horas para becar a estudiantes de la Universidad de Ngozi, una de las ciudades más importantes de Burundi. Aquella experiencia fue su puerta de entrada a una entidad que entonces muchos conocían como ASU (Asociación Solidaria Universitaria) y que hoy trabaja bajo el nombre de KOMERA. Ese cambio de nombre acompaña una idea de continuidad: la organización es la misma, con una trayectoria larga, pero ha ido ajustando su identidad y su forma de presentarse. 

Desde hace un año este instituto y otros 17 de Colmenar Viejo y Tetuán reciben periódicamente a este equipo gracias a un programa impulsado por la Fundación Mutua Madrileña en colaboración con el Hospital Universitario La Paz y las consejerías de Educación y Sanidad de la Comunidad de Madrid.

Un voluntariado que sigue en Madrid 

Lo que de verdad le marcó, sin embargo, llegó después. José viajó a Burundi en verano de 2025, en un viaje de voluntariado y ahí, dice, la semilla se activó. No habla de epifanía, ni de un antes y un después porque, insiste, su implicación ha sido gradual. Pero sí reconoce el impacto: “Lo que ves te golpea, y si lo piensas, se queda. Y esa permanencia es la que cambia conductas. Volver a Madrid y seguir, organizar, sostener el compromiso cuando ya no estás allí, cuando la vida vuelve a su ritmo habitual”. 

Cuando se le pregunta de dónde sale ese impulso, José mira a su casa antes que a sí mismo. Dice que ha tenido la suerte de crecer viendo a sus padres “entregados” a los demás: a los abuelos, a los hermanos, a los amigos, a los hijos. Lo presenta como una educación silenciosa: no tanto de discursos como de ejemplos. A partir de ahí, su manera de explicar la solidaridad se aparta de lo fácil. No se apoya en la indignación, sino en una compasión concreta, casi operativa. Cuenta que leyó hace poco el sentido literal de dos palabras: consolar, “ser con el otro en la soledad”; compadecer, “compartir su padecimiento”. Y a partir de ahí, su conclusión es sencilla y exigente: “Mirar más al lado y menos hacia uno mismo, porque ahí empieza a aparecer el sentido”.  

ASU ONG, ahora KOMERA, tiene recorrido: la idea nació en 2006 y se formalizó en 2007, cuando un grupo de universitarios echó en falta un canal para ayudar “como quería”. Desde el principio se apoyó en dos claves: hacer las cosas de otra manera, con pequeñas acciones sostenidas, y abrir una puerta para que más jóvenes pudieran implicarse, convirtiendo la solidaridad en algo compartido y constante. Hoy, el proyecto ganador lo empuja un equipo de 24 estudiantes madrileños. José lo cuenta sin idealizar: “Mantener el compromiso requiere continuidad, por eso combinamos herramientas cotidianas (WhatsApp, correo, redes) con encuentros presenciales y un voluntariado local mensual que actúa como columna vertebral y refuerza la pertenencia”. 

Sobre el terreno en verano 

En ese engranaje, José tiene un papel de mayor responsabilidad: coordina las actividades de voluntariado local. Lo explica con una imagen doméstica: “Si no se “riega”, lo que nació en Burundi en muchos voluntarios puede ir apagándose”. Para él, esas actividades son el riego: espacios donde los que ya viajaron y los que todavía no lo han hecho vuelven a conectarse con el sentido de todo, y encuentran una forma realista de dedicar tiempo a otros, aquí y allí. Además, este verano coordinará un viaje de voluntarios universitarios a Burundi, con un objetivo muy concreto: supervisar las obras y comprobar el funcionamiento del proyecto en el terreno. 

La confirmación llegó en un momento cotidiano, por correo electrónico. José estaba en Barcelona, pasando Navidad con su familia. El 26 de diciembre, San Esteban, es día de celebración familiar y, cuando terminó la comida, miró el mail y ahí estaba la noticia. “Lo primero fue una alegría enorme por lo que significa: que un trabajo paciente, sostenido, recibe el empujón que necesitaba para avanzar. El dinero se destinará a la primera de tres fases de la escuela infantil: construir un aula y equiparla con lo esencial (pizarra, mobiliario, material didáctico). Agua, higiene y cocina ya están cubiertos por el complejo educativo existente, porque la nueva escuela se integrará junto a la primaria y secundaria, completando el itinerario desde la primera infancia”. 

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El centro está pensado para niños de 3 a 5 años, con tres niveles adaptados a su desarrollo: aprendizaje temprano (como el abecedario), creatividad y socialización fuera del entorno familiar. El objetivo final es llegar a atender a 250 niños al año, pero con un crecimiento escalonado: el primer año esperan comenzar con 80-85 y crecer a medida que se amplíe el proyecto. 

Detrás de esos números hay una realidad que José describe con una escena: “Durante el campamento de verano en la escuela primaria y secundaria, vimos cómo muchos niños pequeños, de 2 a 5 años, vagaban por la zona, a veces solos, a veces impidiendo que sus hermanos mayores participaran en actividades porque tenían que cuidarles. Me impactó especialmente ver responsabilidades impropias en edades ridículas: una niña de 6 o 7 años pendiente todo el día de su hermano pequeño. Ahí entendimos con claridad la doble utilidad de la escuela infantil: ofrecer un espacio seguro y educativo para los pequeños y, al mismo tiempo, liberar a los mayores para que no abandonen su propia escolarización”. 

KOMERA no trabaja sola en Burundi: se apoya en una red local para que el proyecto se sostenga. Sus aliados clave son la Universidad de Ngozi y ASEDR, la contraparte en terreno que supervisa y rinde cuentas, y, sobre todo, el Ministerio de Educación, que da estabilidad a largo plazo.  

Para José, el premio tiene una recompensa muy concreta: ayudar a familias y niños que conoció en verano, y para la organización supone cerrar el círculo, desde la primera infancia hasta la adolescencia. Y cuando habla de liderazgo, lo resume sin grandilocuencia: “Liderar empieza cuando uno deja de ponerse en el centro; entonces se ordenan las prioridades, bajan los miedos y la paciencia se convierte en herramienta para que las cosas, por fin, den fruto”. 

Al final, lo que queda de José no es una lista de logros, sino una forma de mirar. Su consejo a quien quiere ayudar y no sabe por dónde empezar es casi una invitación: “Dejarse afectar por algo. Acercarse a un voluntariado, mirar alrededor, implicarse emocionalmente. Porque de ahí, insiste, puede nacer un cambio real. Y porque “Creciendo Juntos”, en su definición más honesta, no va solo de construir una escuela: va de construir futuro con manos jóvenes”.