Una consulta con el psicólogo en el recreo  - Vidas Cruzadas

Una consulta con el psicólogo en el recreo

Así trabaja la Unidad del Programa de Enlace Salud Mental y Educación del Hospital Universitario La Paz de Madrid que lleva a los especialistas en salud mental al colegio para detectar a tiempo el sufrimiento de niños y adolescentes.

Una consulta con el psicólogo en el recreo

Hay mañanas en las que, entre el timbre y el murmullo del cambio de clase, se cuela por los pasillos del instituto algo que no suele pertenecer al ecosistema escolar: una bata de hospital. No llega con sirenas, entra en silencio, como si supiera que en los centros educativos el dolor va disfrazado de normalidad. 

María Mayoral, psicóloga clínica del Hospital Universitario La Paz y coordinadora del Programa de Enlace Salud Mental y Educación, camina por el pasillo del IES Marqués de Santillana de Colmenar Viejo con la familiaridad de quien lleva meses aprendiendo a descifrar el lenguaje escolar: la nota doblada en la mochila, la manga larga cuando hace calor, el alumno que antes saludaba y ahora baja la mirada. Junto a ella, Belén Saez-Benito —psiquiatra—, Laura Magro —psicóloga— e Irene Vidal—enfermera especializada en salud mental—.  

La escena ya es rutina, porque desde hace un año este instituto y otros 17 de Colmenar Viejo y Tetuán -34 colegios en total entre las dos unidades de La Paz- reciben periódicamente a este equipo gracias a un programa impulsado por la Fundación Mutua Madrileña en colaboración con el Hospital Universitario La Paz y las consejerías de Educación y Sanidad de la Comunidad de Madrid. Una idea que en Europa lleva tiempo rodando y que aquí, por primera vez, consigue sentar en la misma mesa a profesorado, orientadoras, familias y psiquiatras para mirar juntos el sufrimiento adolescente. 

Desde hace un año este instituto y otros 17 de Colmenar Viejo y Tetuán reciben periódicamente a este equipo gracias a un programa impulsado por la Fundación Mutua Madrileña en colaboración con el Hospital Universitario La Paz y las consejerías de Educación y Sanidad de la Comunidad de Madrid.

La escena ya es rutina, porque desde hace un año este instituto y otros 17 de Colmenar Viejo y Tetuán -34 colegios en total entre las dos unidades de La Paz- reciben periódicamente a este equipo gracias a un programa impulsado por la Fundación Mutua Madrileña en colaboración con el Hospital Universitario La Paz y las consejerías de Educación y Sanidad de la Comunidad de Madrid. Una idea que en Europa lleva tiempo rodando y que aquí, por primera vez, consigue sentar en la misma mesa a profesorado, orientadoras, familias y psiquiatras para mirar juntos el sufrimiento adolescente. 

Todo empieza cuando un profesor detecta algo. No hace falta mucho: una nota rara, un llanto, un silencio poco habitual, un alumno que de repente evita el recreo. «Yo soy una orientadora para 1.200 alumnos, es imposible llegar a todo», admite Carmen Serrano, orientadora y psicopedagoga del IES Marqués de Santillana desde hace más de tres décadas. Por eso resulta tan valioso el radar colectivo de los profesores. 

Una de las grandes aportaciones del programa es la formación al profesorado. No para convertirlos en terapeutas, sino para quitarles la presión de tener que saber siempre cómo actuar y qué hacer en cada crisis. Muchos alumnos hablan antes con un docente que con un familiar. En ese primer confidente suele aparecer el sufrimiento crudo. Y es ahí donde el profesorado necesita respaldo: saber identificar las señales, saber a quién acudir, saber que no están solos. 

Cuando algo hace saltar la alarma del docente, el alumno llega a Carmen y, si el malestar apunta a algo más profundo, entra en juego el equipo del Programa de  Enlace. Piden el consentimiento a las familias y, cuando toca, a los propios alumnos. El milagro sucede aquí, en este gesto aparentemente burocrático: los chavales suelen abrirse más en el instituto que en casa, dicen, por pudor, miedo o porque no quieren preocupar a sus padres. 

La evaluación es rápida. A veces basta una conversación. Otras requieren de varias sesiones. Lo importante es que la intervención se hace en el entorno natural del alumno, el colegio, donde se le ve moverse, reír, aislarse, discutir, evitar. «Verles por los pasillos da una información que nunca tendrías en consulta», explican las especialistas de la unidad de enlace. 

Hay casos que se quedan en el colegio, abordados por el propio equipo de enlace; otros se derivan al centro de salud mental, a servicios municipales o a otras unidades más especializadas.  

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Los nombres del dolor que pasa por el aula 

Las profesionales del Hospital Universitario La Paz lo ven cada semana: ansiedad, autolesiones, intentos de suicidio, trastornos de conducta o de la conducta alimentaria, depresiones que se ocultan detrás de una sudadera ancha o de un “estoy cansado”. Según la zona del colegio aparecen más historias de ruptura familiar, de vínculos desorganizados, de adolescencias que crecieron sin red.  

No hay un perfil. No es una cuestión de clase, de origen o de curso. «El sufrimiento no responde a un patrón», explica el equipo. Pero sí apuntan a la hiperexigencia, a la hiperconexión, al bajo umbral de frustración que vive la infancia actual, como causa del aumento de los malestares de salud mental. Y es que, hoy en día, los chicos y chicas tienen acceso ilimitado a redes sociales y tienen al alcance información sobre cómo autolesionarse o cómo dejar de comer. 

Desde hace unos años todo va a peor. Lo ven en urgencias, donde faltan camas; lo ven en las plantas de psiquiatría infantil que se multiplican sin llegar nunca a tener camas suficientes; lo ven en los padres que no saben sostener a sus hijos porque ellos mismos están agotados. 

Cuando se les pregunta qué solución tiene todo esto, no hay recetas mágicas. Hablan de prevención, de límites en el acceso a redes, de presencia real de adultos, de espacios comunitarios donde los adolescentes tengan alternativas a una pantalla. Hablan de volver a sacar a los jóvenes a la calle, a los deportes accesibles, a un ocio que no les deje solos frente al móvil. 

Y hablan, sobre todo, de red. La red que se teje cuando un hospital y un instituto trabajan juntos. Cuando una fundación impulsa un programa que permite llegar a 11.000 alumnos y detectar medio centenar de trastornos que nadie había visto. Cuando unos profesionales sanitarios se sientan a escuchar al profesorado, y viceversa. Cuando una orientadora con 32 años de experiencia puede, por fin, dejar de sentirse sola ante el sufrimiento de un niño. 

Óscar Gil, director del IES Marqués de Santillana, lo resume con una mezcla de alivio y preocupación: “tener este equipo es una suerte enorme… pero hace falta más”. Más orientadores, más enfermeras, más profesionales estables en los centros.  

El ruido de un patio que todavía puede salvar 

En mitad de todo esto, hay pequeñas victorias: un alumno que vuelve al aula después de una crisis, una familia que siente alivio al poner nombre a lo que pasaba a su hijo, una chica que deja de hacerse daño, un niño recién derivado que será atendido antes de que la tristeza se haga gigante. 

Y hay también detalles mínimos que no caben en los informes: una profesional que se cruza con un alumno en el pasillo y le sonríe; una profesora que baja la voz para preguntar si todo va bien; un director que reorganiza horarios para que la intervención tenga lugar en el momento justo. 

A veces, la prevención se parece a eso: a llegar antes de que la urgencia estalle, a aparecer antes del daño, a que el hospital entre por la puerta del aula sin hacer ruido, como quien viene a acompañar.