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Magia para la inclusión social

El mago Carlos Adriano juega y divierte a niños de centros de menores en el programa “Magia por sonrisas” de las fundaciones Mutua y Abracadabra.

Toda historia tiene muchas formas de empezar. Quizá ésta sólo lo puede hacer por un lugar: el Hospital de La Paz de Madrid. En la planta octava hay un lugar habilitado para que los niños puedan estar, jugar con otros chicos, pasar tiempos con sus amigos, padres o incluso el personal sanitario. Un espacio para cuidar; un lugar, si es posible, para sanar. 

Carlos Adriano, nacido hace 49 años en Rosario, Buenos Aires, es mago desde los 11 años. Su padre llegó a un pequeño pueblo interior de Zamora en los años 50 del siglo pasado, en busca de una vida mejor. Y solo regresó a sus raíces una vez, en los años 70. Jamás dejó, de nuevo, la Argentina: allí construyó toda su existencia. Ésta es otra forma de empezar la historia. Pero regresemos. 

En esa octava planta del hospital, Carlos, se fijó en una niña encorvada, a solas, sentada en una silla de plástico blanca, probablemente afectada de algún tipo de neuralgia severa, soportando un fuerte dolor. Su magia tiene bastante de payaso. Utiliza mucho su lenguaje y el de la comedia. Con sus juegos consiguió que esa cría dolorida empezara a reír “a carcajadas”.

Los talleres de “Magia por sonrisas” les generan mucha energía positiva, autoestima; es otra escuela dentro de las muchas que depara la vida

Pasó el tiempo. Los días se fueron descolgando del reloj. De pronto, en un pasillo: escuchó, gritar, una voz de mujer: “¡Mago! ¡Mago!” ¡Mago!”. Era la madre de aquella niña. Había vuelto a reír, ese día, por primera vez en seis meses. Mejoró. Y ya le habían dado el alta y estaba en casa. Ella fue durante diez mañanas consecutivas hasta coincidir con el mago y agradecerle todo lo que había hecho por su hija. ¿Quién es capaz de medir la verdadera humanidad?

La magia sirve para ayudar a sanar, pero también ofrece instrumentos útiles en la vida. No es una sonrisa que se evapora al igual que el rocío de la mañana. Es algo que permanece. Carlos, que con 19 años publicó, allá en la Argentina, su primer libro, Magia invisible, se basa en tres recursos: el lenguaje de la magia, el del payaso y el juego. Lleva tanto tiempo colaborando con la Fundación Abracadabra y a la vez con la Fundación Mutua Madrileña, en el programa Magia Solidaria, que acerca la magia en Navidad a mutualistas y sus hijos, que duda entre 2004 o 2005. “Pero es desde el primer momento”, asegura.  

Desde este año también lo hace con Magia por sonrisas, un nuevo programa conjunto de las fundaciones Mutua y Abracadabra, para acercar la magia a niños y niñas que residen en centros de menores y servicios residenciales de protección a la infancia de toda España. 

Con Magia por sonrisas acercan esta parte tan bella del mundo, sobre todo, a los niños en riesgo de exclusión. Cada “actuación” ocurre en un espacio diferente. Dispersos como polvos de magia. Se organizan por talleres, que suelen durar dos días y después del colegio. Los chicos no sólo aprenden los “trucos”, esa es la parte, quizá, en los años digitales, más sencilla. El camino es el contrario. “Reciben herramientas de comunicación y de expresión para que puedan conectar e integrarse en el colegio, en la sociedad, con los amigos”, valora Carlos Adriano.

Los chicos se quedan con el material: pañuelos, varitas mágicas, cartas... “Instrumentos con los que hacer magia a su familia, a sus compañeros y crear vínculos de empatía”, cuenta. El tercer día está dedicado al show. Una pequeña “gala” donde los niños que se animan pueden presentar los trucos aprendidos en ese espacio frente a sus familiares y otros chicos. 

Les genera mucha energía positiva, autoestima; es otra escuela dentro de las muchas que depara la vida”, explica el mago Adriano. Son instrumentos —como la sociabilidad— que les servirán siempre. Viaja más lejos que la mera ilusión del truco de mayor sofisticación concebible. 

La vida mágica

Pero sería una injusticia enorme, dentro de los comienzos posibles de este texto, olvidarnos del mago. Carlos vive en pareja, ahora es reconocido, hace más de 20 años que en su casa no entra ningún ingreso que no proceda de la magia, especialmente, dirigida a niños. Ha hallado el tesoro de existir al final del arco iris: un propósito de vida. Desde luego no siempre fue así. Llegó a España con 25 años, no conocía a nadie, durmió en la calle, se ganó el sustento fregando o haciendo bocadillos en Benidorm (Alicante) hasta que convenció a sus jefes, de unos de los muchos parques de atracciones que se distribuyen por la ciudad, de que era un mago experto. Empezó con trucos entre las mesas de los comensales. Comenzó una verdadera vida mágica. 

Hoy puede, también, aprender de aquellos días. Mirar atrás. Pese a las trabas: su camino y su meta era la magia.  “He escrito libros, he viajado por el mundo, he subido a escenarios increíbles, tengo el respeto de mis compañeros, he dado clases y miro de dónde procedo y continúo siendo aquel chaval de 14 años que, una vez, tuvo extraordinarios profesores de magia en una ciudad llamada Rosario a miles de kilómetros de España”, recuerda. Y como la magia circula por su torrente sanguíneo sabe que el gran secreto de cualquier mago es saber parar el tiempo. Se consigue con humor, ingenio e ironía. En ese momento surge la auténtica magia: un lugar que puede cambiar la vida de los más vulnerables y quienes han sido, injustamente, apartados o segregados. “¡Mago! ¡Mago! ¡Mago!”. Gracias por crear trucos por sonrisas.