Cinco mentes brillantes, una misma maleta
Cinco jóvenes con talento y enormes ganas de aprender acaban de recibir una Beca Excelencia de la Fundación Mutua Madrileña para cursar su posgrado en el extranjero.
Cinco mentes brillantes, una misma maleta
Detrás de cada gran carrera suele haber un impulso en el momento justo. Eso es, en esencia, lo que llevan haciendo 21 años ininterrumpidos las Becas Excelencia de la Fundación Mutua Madrileña. Se conceden por expediente académico a graduados en universidades españolas -hijos e hijas de mutualistas de larga trayectoria- para que puedan ampliar sus estudios de posgrado en cualquier universidad del mundo.
Las cifras hablan solas: esta edición concede 52 nuevas becas y un millón de euros, y en total el programa acumula más de 925 ayudas y 16,5 millones de euros. Entre esos 52 elegidos hemos reunido a cinco. Tres chicos y dos chicas, cuatro madrileños y una coruñesa, con un denominador común imposible de ocultar: la ambición sana de quien quiere aprender de los mejores. Y, en la mayoría de los casos, un mismo interés que define su generación: la inteligencia artificial.
De la curiosidad a la vocación
Casi todos coinciden en que su historia empezó con una pregunta. Raúl Saiz Fernández, de Alcorcón (Madrid), graduado en Física por la Universidad Complutense, lo tiene claro: “Me interesaba mucho descubrir la causa de los sucesos de mi alrededor y del universo, y la posibilidad de describirlos con matemáticas”. Hijo de físico, tuvo además “un profesor excepcional” en Bachillerato que le encendió la vocación. Mar Barreiro López, la única coruñesa del grupo, se mudó a Madrid con 18 años para estudiar Psicología en la Universidad Autónoma “para entender cómo funciona el cerebro”. Cuatro años después, la carrera se le ha quedado corta en el mejor sentido: “Comprendo que la psicología es mucho más que el estudio de la base física de la mente, y estoy deseando explorar a fondo otros niveles de análisis”.
Otros llegaron a su pasión programando. María Ponce Martín-Gromaz, madrileña e ingeniera Telemática por la Universidad Carlos III, reconoce con naturalidad que al salir de Bachillerato “no tenía del todo claro qué quería estudiar”, hasta que aprendió a programar y descubrió que le encantaba. Y Gonzalo Carretero Hernández, de Pozuelo de Alarcón (Madrid) e ingeniero Informático también por la Carlos III, se estrenó pronto: en el bachillerato de excelencia desarrolló un chatbot para detectar ciberadicciones en jóvenes mediante IA, un proyecto que le valió el tercer premio nacional de Jóvenes Investigadores del Ministerio de Universidades.
En total, las Becas Excelencia de Fundación Mutua Madrileña han entregado 16,5 millones de euros en 925 ayudas.
Y luego está la “nota” diferente, la que da música al conjunto. Diego Mira Ferriz, madrileño formado en el Conservatorio Superior de Música de Aragón, toca el oboe y el piano desde los ocho años: “Soy un apasionado de la música clásica y del jazz desde siempre. Sabía que me quería dedicar a esto desde secundaria”.
Rumbo al mapa del talento
Los destinos dibujan un mapa de excelencia. Raúl se va a la DTU, la Universidad Técnica de Dinamarca, a cursar un máster en Human-Centered AI (Inteligencia Artificial Centrada en Personas): “Es la mejor universidad técnica de la Unión Europea según EngiRank, y mi hermano estudió allí y me la recomendó encarecidamente”. Gonzalo, que ya ha pasado por Canadá y Hong Kong, aterriza en el Imperial College de Londres para un MSc en Advanced Computing: “Es una de las universidades más importantes del mundo en Inteligencia Artificial, y me permite colaborar con investigadores de prestigio internacional”. María cruzará a Francia con el Diplôme d'Ingénieur de Télécom Paris, gracias a un acuerdo de doble titulación: “Podré especializarme en ciencia de datos, inteligencia artificial y sistemas software distribuidos, con prácticas obligatorias en una empresa francesa, uno de los ecosistemas tecnológicos más importantes de Europa”.
Mar eligió Maastricht (Países Bajos) para su máster de investigación en Neurociencia Cognitiva y Clínica, seducida por su enfoque práctico y su largo periodo de prácticas. Y Diego se queda en el corazón de Europa, en el Conservatoire Royal de Bruxelles, donde ya ha cursado su primer año de máster y ahora afrontará el segundo con una diferencia clave: la beca le permitirá dedicarse por entero a la música, sin tener que trabajar para costearse parte de los gastos. Parte, además, con una ventaja: “El francés es mi lengua materna, y Bruselas es un sitio estratégico desde donde presentarme a distintas orquestas europeas”. No es casualidad que sus rutas apunten al norte: este año Suecia y Países Bajos son los destinos que más se repiten entre los 52 becados.
La IA como hilo conductor (y la música de contrapunto)
Si algo une a la mayoría de este grupo es hacia dónde miran. Raúl quiere dedicarse “al desarrollo e innovación de sistemas de inteligencia artificial, combinándolo con el rigor de la física, idealmente en un equipo de investigación de una empresa tecnológica”. Gonzalo, que ya publicó como primer autor un artículo en una revista de alto impacto tras su trabajo de fin de grado sobre visión por computador, sueña a lo grande: liderar investigación puntera o crear su propia startup para “desarrollar tecnologías con un impacto real y positivo en la sociedad, desde vehículos autónomos más seguros hasta cerebros de robots humanoides que ayuden en casa o en catástrofes”. María, por su parte, quiere unir su “pasión por las telecomunicaciones con la ciencia de datos y el machine learning”.
Mar rompe el molde con la neurociencia, pero comparte la vocación investigadora: aspira a “una carrera académica, investigar y dar clase, y desarrollar mi profesión en España, donde tenemos una maravillosa cultura científica”. Y Diego pone el contrapunto artístico: su meta es “formar parte de una orquesta de renombre y tener un grupo estable de música de cámara, sin renunciar a explorar el jazz ni, más adelante, la enseñanza en un conservatorio superior”.
El detalle que lo facilita todo
Hay una pregunta cuya respuesta se repite casi palabra por palabra: ¿podrías haber estudiado esto sin la beca? “Definitivamente no”, zanja Raúl, que ya daba por hecho que tendría que trabajar a tiempo parcial en Copenhague. “Me hubiera sido prácticamente imposible”, coincide Gonzalo, por el coste de Imperial y de la vida en Londres. Diego, de familia numerosa, cursó su primer año en Bruselas trabajando por horas: “Esta beca me va a permitir centrarme en los estudios sin preocuparme tanto por costearme la vida”. Y Mar lo resume con gratitud: “Me permitirá mantenerme a mí misma y dedicarme a tiempo completo a mis estudios”. María matiza la misma idea desde otro ángulo: sí habría podido, “pero habría supuesto un esfuerzo económico importante para mi familia”. En todos los casos, el mensaje es el mismo: la beca no es un lujo, es lo que hace posible el salto.
Para Mar, además, esta oportunidad tiene un sabor especial. La pandemia le arrebató un año de intercambio en Canadá durante el instituto y, más tarde, un Erasmus se le quedó en el tintero por trabas burocráticas. Por eso vive Maastricht como su “ahora sí, por fin”. Un “por fin” que resume bien el espíritu de estas becas: convertir el talento en oportunidad, sin que la cuenta corriente decida el futuro de nadie. Cinco mentes brillantes, cinco maletas y un mismo billete de vuelta con una promesa parecida: aprender fuera para, algún día, aportar en casa.
Becas Excelencia
Anualmente la Fundación Mutua Madrileña concede sus Becas Excelencia para realizar estudios de posgrado en el extranjero, con una duración de entre uno y dos años, y una dotación por curso de 12.000 euros. La convocatoria está dirigida a graduados, hijos de mutualistas con, al menos, 20 años de antigüedad, que deseen realizar un programa de posgrado, bien sea máster o doctorado.