Aprender en las aulas, educar en casa
La psicóloga Irene Toledo imparte talleres de sensibilización contra el acoso escolar en colegios, dentro de la iniciativa que desde hace una década llevan a cabo las fundaciones Mutua Madrileña y ANAR.
La luz se filtra por uno de los grandes problemas que tiene la educación española: el acoso escolar. Antes de que sigan leyendo, este texto se centra en los chicos y chicas, profesorado, familias y, desde luego, las redes sociales.
Este artículo habla de personas como Irene Toledo, joven, 27 años, psicóloga, cuyo día a día transcurre entre aulas, talleres y conversaciones con niños, niñas y adolescentes que intentan aprender a convivir en un mundo cada vez más complejo.
Habla también de la Fundación Mutua Madrileña, que tiene una de sus bisectrices desde hace una década en la lucha contra esa lacra que es el acoso escolar. Junto a la Fundación ANAR, y con la sensibilización de un problema profundo, ambas fundaciones, de la mano, ya han impartido talleres a más de 105.000 menores de edad en colegios e institutos de Primaria y la ESO.
Los periódicos, la televisión, internet, la radio, los amigos; resulta difícil encontrar a alguien que no conozca a otra persona o que, incluso, haya sufrido en sus propios hijos e hijas, este dolor que padecen las sociedades, sobre todo, avanzadas.
Mientras no seamos capaces de transmitir a los menores de edad el respeto por el otro, educar en responsabilidad social, la importancia del diálogo y que hagan autocrítica de su comportamiento será complicado resolver el problema
Pero estábamos con Irene, que es una de las psicólogas que imparte estos talleres que ofrecen a los escolares las fundaciones Mutua Madrileña y ANAR. Las preguntas se acumulan: ¿En un mundo tan tecnológico, Irene, por qué estudiaste psicología? Cuenta que, desde pequeña, incluso en las actividades extracurriculares le atrajeron los “problemas” de los demás. Empezando por la infancia. “Sentía que esta formación me iba a dar una visión profesional en la que yo había crecido”, comenta. Vocación. Pronto se da cuenta de que “me gusta trabajar en aulas en grupos grandes, prefiero la prevención a la intervención”, asegura. Trabajar antes de que el problema estalle.
Cada día entra en los colegios e institutos para hablar a los alumnos de Primaria y Secundaria de emociones, de convivencia y de límites: “Es ahí donde gano experiencia. En el contacto directo con los chicos”, sostiene, a los que trata de “sensibilizar”.
No es la única vía a través de las que las fundaciones Mutua Madrileña y ANAR tratan de acabar con el acoso escolar. La actuación se organiza en tres líneas: la ya mencionada de los talleres de sensibilización en colegios, los informes sociológicos anuales que se hacen desde el Centro de Estudios de ANAR, para sensibilizar a la población y a las instituciones con sus resultados y llamar a la acción; y una tercera vía de iniciativas de sensibilización en redes sociales. La última de estas campañas, la hizo la Fundación Mutua Madrileña junto a la Policía Nacional y consistió en unos videos cortos de sensibilización dirigidos a los padres.
La violencia física y las circunstancias del agresor
En el último informe sobre acoso escolar de Fundación Mutua Madrileña y Fundación ANAR (septiembre 2025) hay varias situaciones que estremecen: “Los golpes y patadas aumentaron 8,7 puntos porcentuales, frente al curso anterior, alcanzando el 30,9% de los casos”. Estamos hablando de banalizar la violencia. “Es bastante preocupante. Esta normalización es fruto de ese individualismo donde el otro ni existe, ni importa. Casi se convierte en un objeto que puedo utilizar a mi antojo”, analiza la psicóloga. “Normalizan la violencia desde unas edades tan tempranas que es su forma de interacción y los problemas anteriores que tienen los gestionan a través de ella”, añade. Vemos una dinámica que urge frenarla. La Fundación ANAR lleva desde hace 32 años atendiendo a niños, niñas y adolescentes a través de sus Líneas de Ayuda (Teléfono/chat), en estos problemas y en cualquier otro que pueda surgir en la infancia o adolescencia en este mundo difícil y cambiante. “El lastre es que no se educa en valores. No hay respeto. Ni responsabilidad social”, advierte Irene.
Con Irene hablamos también de los agresores. ¿Qué importancia tiene la familia en el acoso? Es complejo. Si fuera un ejercicio maniqueo: buenos y malos no ocuparía tantas preocupaciones. No debemos olvidarnos de que la familia forma parte de una sociedad que no solo transmite una serie de valores que provocan desencuentros en las relaciones humanas, y que se intensifican en menores de edad, sino que también pone múltiples obstáculos y dificultades a la hora de que la familia pueda educar a sus hijos e hijas.
El acoso escolar puede producirse por diversos motivos: “A veces, detrás, hay problemas familiares graves: maltrato físico o psicológico. Otras, el actual agresor, antes fue víctima y no ha entendido que las relaciones con sus iguales tienen que ser de eso, de igualdad”, reflexiona Irene. “Otras llegan de conflictos mal resueltos. Por ejemplo, dos amigos. Uno rompe con su pareja y el examigo comienza a salir con ella”. Las situaciones son variopintas. O es el propio grupo de iguales el que coloca a un compañero o compañera en el rol de agresor, fomentando diferentes valores negativos en él o ella. El adolescente termina asumiendo un lugar en el que recibe el refuerzo de sus iguales, cada vez que humilla o se burla de la víctima.
La experiencia en los talleres
Irene nos habla de su experiencia y sus diálogos con los chicos y chicas en los talleres. Cuenta que se empujan, se dan collejas y que no es con mala intención. “Pero nosotros les advertimos de que el peligro de que normalices algo así sucede cuando tú tengas un malentendido, y algo te genere miedo, ira y furia: así es como lo vas a gestionar”, avisa.
Llega el momento de las redes sociales. El informe de ambos organismos revela que crece el acoso por el ciberbullying y el empleo de la IA (ya se utiliza en el 14,2% de las situaciones de ciberacoso). España y algunos países de la Unión Europea han establecido una edad mínima para usar estas aplicaciones. “Cualquier barrera que se pueda levantar siempre será preventiva, pero no suficiente” porque, como dice, volvemos a una frase ya pronunciada: hace falta una sociedad que eduque en valores. “Mientras no seamos capaces de transmitir a los menores de edad el respeto por el otro, educar en responsabilidad social, la importancia del diálogo y que hagan autocrítica de su comportamiento será complicado resolver el problema”, plantea con sinceridad.
Para Irene, la familia tiene un papel clave: “Un padre, una madre, y la sociedad, tiene que enseñarle a su hijo cuál es la responsabilidad moral y ética de tener ese dispositivo en la mano”, ahonda. Igual que conoce las consecuencias que tiene conducir un coche, para lo cual hace falta una formación y experiencia previa. A un hijo/a jamás le darían un coche sin haberse sacado el carnet. Hay que educar desde casa porque cualquier chaval hoy en día sabe cómo saltarse las reglas para usar una aplicación restringida.
En ese mismo estudio hay otro dato que desarma la realidad y que tiene que ver con el género. Acosan tanto los hombres como las mujeres, pero luego, en la edad adulta, la violencia machista alcanza límites insoportables. ¿Qué ocurre en el viaje a la madurez? “Es cierto que sucede. Es consecuencia de la sociedad actual, aún nos siguen educando de manera diferente a los hombres que a las mujeres. A ellas, desde que son pequeñas, sí que se les permite expresar los sentimientos, pedir ayuda cuando la necesitas; tener libertad de ser vulnerable y de admitir que no eres capaz con todo” pero a costa de hacerle sentir inferior, matiza. “En cambio, a los hombres les siguen mandando ese mensaje educativo de una masculinidad súper tóxica, qué tiene que ver con que tú, como eres chico, reprimes tus sentimientos, debes mostrar valentía, jamás pedir ayuda y poder con todo. Y ese es el aprendizaje de parte de su crecimiento”.
Y eso tiene consecuencias, porque muchas veces la única emoción que se les permite sentir es “la ira y la agresividad. Y esas situaciones violentas por desgracia las sufrirá una mujer, cuando sea más mayor”, describe.
Aun así, Irene no pierde la esperanza. “Hay cambios. Lentamente, pero los hay. Y cada conversación cuenta”.
Porque educar no es solo enseñar contenidos. Es aprender a mirar al otro y reconocerlo como igual. Y eso, dice, empieza mucho antes de que aparezca el problema.